jueves, 26 de septiembre de 2019

EMBARAZO ADOLESCENTE Y ABUSO SEXUAL.


Shirley llegó con su madre. Su mirada estaba concentrada en uno de los fluorescentes. No hablaba. Tenía 13 años y un embarazo de 25 semanas. La madre llorosa había venido suplicando que se le haga un aborto terapéutico. La niña había sufrido un abuso sexual en el colegio y el único sospechoso ya detenido era uno de los empleados de limpieza. Una jueza la había derivado al hospital, Shirley había pasado semanas con náuseas y vómitos y cambios en su cuerpo que no podía entender, ni tampoco la magnitud de un acto tan ruin como haber sufrido una violación aprovechando su vulnerabilidad. Sabía que existía una ley que amparaba el aborto terapéutico, pero el tiempo del embarazo era mayor al permitido y no existía el protocolo actual, eran los primeros años del siglo XXI. El Ministerio de Salud del Perú (MINSA) estaba capturado por conservadores que rezaban el Rosario al mediodía y para quienes el embarazo y las relaciones sexuales en adolescentes no existían o no lo querían ver. Tampoco conocían la magnitud del abuso sexual, no como lo conocía yo. Shirley era autista. El mayor temor de su madre era tener que criar a un bebé que le diera el mismo sacrificio que, según ella, tuvo que pasar con Shirley. Varios medicamentos que seguía ingiriendo la delgada niña, justificaban en su madre, el miedo a que el feto que yacía en sus entrañas iba a resultar con severas malformaciones o un trastorno similar al de su hija. ¿Qué trabajo tan difícil debe haber sido para la jueza en cuestión consolar a esta mujer de que lo único que podía hacer era tomar cuenta del agresor? Que la justicia ya no le podía devolver a su hija al tiempo pasado. Y que difícil para un ginecólogo sin formación en el tema es afrontar la delicada situación. Pensaba mientras reflexionaba cual sería mi papel en este caso. Shirley no me miraba, no había mucho que preguntar. Las ecografías que traían mostraban un bebé con morfología normal, sin ningún daño visible, para tranquilidad de su abuela. Shirley aceptó después de pacientes y lentas palabras subir a la camilla y dejó que mis manos palparan la situación del pequeño ser que ya movía su cuerpecito, reclamando ser considerado parte de la familia. Escuché los latidos y le di la noticia a la abuela. - El bebé está bien. Deberá traerla mensualmente a un control. Le haremos unos análisis y le indicaremos un suplemento vitamínico. Como viene de la Fiscalía, por convenio todo es gratuito. Y la verdad es que el bebé está muy grande para practicar un aborto terapéutico.                 La señora me reclamó una vez más, y luego aceptó la realidad. Yo estaba conmovido. Pero era imposible optar por otro camino. Al mes siguiente, Shirley trajo sus análisis y todo estaba bien. Y aunque no la iba a revisar, insistió en volver a la camilla para una nueva auscultación, y así se portó las siguientes veces que vino a controlarse, siendo yo la única persona con quien se dejaba examinar, lo cual me pareció muy simpático. Llegaba el tiempo final de esta hermosa relación médico paciente. Se acercaba el día del parto. ¿Shirley permitiría que otro médico le atendiera? Mi estrés en aquel momento era pensar como sufriría esa delicada criatura al tener a un extraño ser o a enfrentar un episodio nuevo y traumático en su vida. Por eso convoqué a una junta médica para que me dejen atender una cesárea electiva en mi hospital, que años atrás había prohibido la obstetricia y su ejercicio. Mis argumentos solo fueron entendidos por la psiquiatra y la junta recomendó transferir a Shirley a la Maternidad de Lima. Sentí la pérdida de mi paciente como seguramente ella sintió la pérdida de su médico. Shirley fue operada en la Maternidad y la madre vino un día antes para pedirme una interconsulta conjunta con el psiquiatra, para autorizar la ligadura de trompas de Shirley, que la jueza ya había autorizado y después de un mes, trajo a un bebé sano y robusto y Shirley ya repuesta de la cirugía volvió a echarse en su camilla favorita y yo palpando su pequeño vientre involucionado, me despedí de la paciente autista que nunca olvidaré.